Vivimos en el mundo de la información. Queda a nuestra elección, si la información obtenida es cierta. De hecho, en ocasiones, en lugar de darnos certeza y seguridad, nos produce inquietud, cuando no angustia y miedo.

La pregunta es: ¿Dónde está la verdad?, ¿Cuándo podemos decir que algo es verdad?. ¿De quién nos podemos fiar?

Sería más fácil si comprendiéramos que nadie somos poseedores de la verdad.

En el cuento de Blanca Nieves, una madrastra (alguien que en realidad no ha dado la vida), envidia a Blanca Nieves, porque al peguntarle al espejo quién es la más bella, éste le contesta que la niña pura le supera en belleza. Así que la manda matar; pero el leñador tiene compasión y la abandona en el bosque, donde es acogida por los 7 enanitos, que simbolizan las fuerzas de la naturaleza (los 7 planetas, los 7 días de la semana, los 7 chakras) …allí es feliz, y no le falta de nada, los 7 enanitos le sirven con esmero. Pero para el espíritu humano, esto no es suficiente.

Nuevamente la madrastra (el Ego) le pegunta al espejo, y éste le ofrece la misma respuesta; entonces se percata con ira, de que la niña pura e inocente (nuestro yo profundo original) no ha muerto y decide ir ella misma al bosque para asegurarse de destruirla y poder alcanzar así el primer puesto ante el espejo (la apariencia, la vanidad). Para ello le invita a comer una hermosa manzana que ha envenenado mostrándole la parte sana. Blanca Nieves muerde la manzana e inmediatamente muere, y así permanece hasta que el Príncipe Azul la besa y le devuelve a la vida. (Ese Príncipe Azul de los cuentos de Hadas de la tradición indoeuropea que probablemente proviene de la imagen del  príncipe Khrisna del Baghavad Gita hindú, que se representa en forma humana y color azul celeste, y que es reconocido como la Suprema Personalidad de Dios, o la Sabiduría trascendente). El Amor del Príncipe azul, despierta a Blanca Nieves. Es el despertar de la Conciencia.

Como seres humanos que somos, nuestros conocimientos sobre cualquier tema, siempre serán limitados. Debido a un grado mayor o menor de ignorancia nunca podemos conocer algo en su totalidad. Este hecho se presta a que la verdad se tergiverse, como la hermosa manzana envenenada

Cuando adquirimos conocimiento sobre algún tema, aumenta nuestra visión, nuestra certeza. Somos más conscientes.

Aumenta también nuestra creencia. Tenemos pruebas de que algo es cierto, y pasamos a creer en ello. Necesitamos creer, debido precisamente a que  nuestro conocimiento siempre es incompleto. Y se estructura así nuestro sistema de creencias. Fácilmente esta estructura se cristaliza y endurece, se cierra en si misma y se instala en la comodidad. De este modo, las verdades que encierra, no respiran, se ahogan, se estropean. Y la estructura de creencias, en lugar de iluminar la verdad, la mata.

Dicho de otro modo, arraigados en nuestras creencias, que son el producto de nuestros viejos conocimientos; actuamos como si fuéramos poseedores de la verdad. La defendemos como la única verdad, y nos enfrentamos por ella, en discusiones, debates, desencuentros y guerras.  Pero, aunque contenga verdad, nunca es completa, debido a nuestra ignorancia, así que podríamos llamarla media verdad o verdad a medias. Y puede resultar más dañina, que una mentira, porque a la mentira se la reconoce, pero una verdad (a medias) parece verdad; y este es el mayor engaño…

 El gran error está en considerarnos poseedores de la verdad,

y creer que nuestra verdad es absoluta.

En lenguaje popular, cuando uno se ha creído algo que es falso, se dice que “se lo ha tragado” (como la hermosa manzana envenenada); se lo ha tragado porque parecía verdad.

La ciencia y la creencia no son opuestas, son interdependientes. Nunca un científico obtendría una prueba si no creyera en ella. Generalmente persigue hechos que ya cree que existen, y los investiga para comprobarlos. Como ocurre con el médico cuando pide pruebas diagnósticas; en realidad las pide porque ya tiene una sospecha.

Es necesario creer para crear. Creyente es el que está abierto a creer, lo que oye, lo que ve…el que está atento para reconocer la verdad. El realmente creyente, está predispuesto a formular preguntas y ha encontrar nuevas respuestas. Es creativo. En nuestro idioma, la primera persona del singular se dice igual para los dos verbos: creer y crear.  Yo creo.

Confundimos al creyente con el dogmático, que es el que está apegado a un dogma o a una religión o a una ideología, y que  corre el riesgo de enclaustrarse en ella, y ahogar la verdad que contiene.  Puede ponerse a la defensiva y hacerse fanático. No comprende que la Verdad va con la Vida. Es dinámica.

El incrédulo es el escéptico. Su actitud es inmovilista. Prefiere no mover ficha. Se queda en la comodidad de lo supuestamente conocido. Espera a que otros se arriesguen. Se debe a la cobardía. El escéptico nunca puede ser creativo.

No estamos hablando del ateo, porque éste se ha definido por algo, se ha formulado la pregunta y ha elegido una respuesta. Desde el punto de vista que planteo, es más creyente el ateo que el escéptico.

La creencia, no es ciega; se basa en hechos.  La fe, compensa nuestro grado de ignorancia. Si la fe es ciega, impedirá crecer en el conocimiento de la verdad, porque se negará a recibir conocimiento nuevo. Para crecer, es necesario creer. Estar abiertos y atentos para creer en lo nuevo. Porque es posible que no sirvan las viejas respuestas para las nuevas preguntas. Pero si creemos, podemos ser creativos.

Volviendo al cuento de Blanca Nieves. Nuestras supuestas verdades, que siempre son verdades incompletas (medias verdades) son como la hermosa manzana envenenada si las consideramos verdades absolutas. Y morderla significa perder nuestra lucidez, disminuye nuestro nivel de consciencia. Morimos a lo Real…nos cerramos a aprender. Ocurre cuando queremos aparentar el saber, en lugar de estar abiertos a la escucha para que el Saber nos revele la verdad en cada momento.

Haciendo todavía más juego de palabras:

No poseemos la Verdad. Aunque la sentimos.

Sentimos la Verdad en la Vida pero no poseemos la Vida.

Es la  Vida y la Verdad la que nos posee. Y esa es la guía en nuestro Camino.

Recordemos que la Medicina, como ciencia humana es, por definición, incompleta. Seamos conscientes del grado de ignorancia que la cubre. De este modo sabremos evitar el utilizarla de una forma absolutista.

La Medicina es una Ciencia, y también un Arte.

La Homeopatía, es una herramienta de la Medicina. Es un instrumento. Y su ejecución requiere el arte.

Después de 30 años de práctica homeopática, puedo decir que la Homeopatía funciona cuando es posible aplicarla según sus propios principios:  Diagnóstico y tratamiento individualizado.  Prescripción basada en la similitud característica de los síntomas. Elección de la dilución y dosis adecuada y su repetición. Si no es posible aplicar estos criterios, es difícil que funcione; queda a merced de la casualidad (como dice el refrán, suena la flauta por casualidad). 

Cada ser humano porta una realidad única y un sufrimiento único, y la Homeopatía reconoce este hecho. No es una medicina de protocolos. El primer entrenamiento del Médico Homeópata es ser observador imparcial, libre de prejuicios. Creer en el sufrimiento único del paciente, diferente al de cualquier otro, y dar una respuesta única también, creativa.

La Homeopatía, lleva 200 años evolucionando y creciendo, pero también sobreviviendo a la deriva y sin regulación. Así que, padece desconocimiento, mala praxis, intrusismo….se la investiga con métodos que no corresponden a su naturaleza. …

Como ocurre con otras tantos conocimientos humanos: la religión, la agricultura, la tecnología, la química…sufre los acosos del absolutismo y el fanatismo (la ignorancia).

Estar atentos, cuidado con las apariencias. No sea que mordamos el cebo y nos traguemos una de esas envenenadas verdades a medias sobre ella.

 

 

 

 

 

 

 

Etiquetado en:        

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *